Feria es hoy una villa tranquila, acogedora y cuidada que transmite su historia a través de sus antiquísimas tradiciones y del entramado urbano que se formó durante la Edad Media adaptándose a las pronunciadas curvas de nivel que dio lugar a un armonioso movimiento de volúmenes escalonados, donde las esquinas, rinconeras y barrancos se conjugan con la sencillez de sus blancas fachadas y la desnuda piedra de los muros y calzadas, resultando un pintoresco conjunto urbano de sabor medieval por cuyo motivo fue declarada, en 1970, Conjunto Histórico Artístico.
La parte más antigua de la villa, constituida entre los siglos XIII y XIV arranca de la primitiva iglesia de la Candelaria junto a las murallas del castillo y sus calles se van adaptando a las curvas de nivel en torno a la fortaleza, constituyéndose su núcleo con calles estrechas y tortuosas paralelas entre sí que se comunican transversalmente con cortas callejas de acusadas pendientes. Ante el crecimiento de la población y al quedar abandonada la primitiva iglesia parroquial, se levanta en las postrimerías del siglo XV la nueva parroquia de San Bartolomé, en torno a la cual se configura el resto de la población.
La población que da nombre al Señorío de los Suárez de Figueroa (familia que llegó a tener mucha importancia en Extremadura, siendo primero Condes de Feria y, más tarde, por concesión de Felipe II, Duques de Feria) se asienta en la vertiente meridional de la Sierra Vieja, al noroeste de Zafra.
Los naturales de Feria son conocidos como "coritos". Los antecedentes del peculiar apelativo no están establecidos con precisión, conectándose con la posición elevada de la localidad; con una supuesta procedencia vasca de sus primeros ocupantes tras la reconquista cristiana, y con otras circunstancias.